Aben-Humeya entre tanto habia acabado de levantar todas las Alpujarras; habia dado ocasion á que el fuego cundiese á la tierra de Almería, á la Axarquia de Málaga y á la serranía de Ronda; habia enviado embajadores al rey de Argel avisándole del buen punto en que se encontraba la guerra, y pidiéndole socorro, y habia enviado á Africa á Hernando el Habaquí á tomar turcos á sueldo, de los que andaban pirateando en el Mediterráneo.

Entre tanto las gentes del rey de España llevaban en las Alpujarras la peor parte; el capitan Avila habia sido vencido y encerrado en Adia; Castil de Ferro fue tomado por los monfíes; Orgiva habia sido entrada y ocupada; y el mismo Aben-Humeya, cargando con seis mil hombres sobre el puente de Tablate donde estaban las avanzadas de la gente del marqués de Mondejar, las hizo retroceder, venciéndolas y obligando al capitan Diego de Quesada que las mandaba á retirarse á Durcal.

Por esta victoria de Aben-Humeya, Granada estaba amenazada.

El marqués de Mondejar se vió obligado, pues, á salir contra el enemigo, dejando encomendado el gobierno de la ciudad á el presidente don Pedro de Deza, y llevando por todo ejército ochocientos infantes, doscientos caballos y algunos caballeros particulares.

Cuando llegaron encontraron cortado el puente.

Al otro lado estaba Aben-Humeya con un estandarte y tres mil y quinientos hombres entre monfíes y moriscos, armados parte con arcabuces y ballestas, parte con hondas y armas enhastadas.

Parecian dispuestos á defender á todo trance aquella puerta de las Alpujarras.

Aben-Humeya, ginete en un caballo negro, con corona en la cabeza y vestiduras reales, seguido de su estandarte, recorria sus apiñados escuadrones que ocupaban el repecho; alentaba á los unos, excitaba á los otros, ofrecia recompensas, se multiplicaba, acudia á todas partes, y obraba, en fin, como un valiente capitan.

El marqués de Mondejar por su parte, mandó á la infantería forzar el paso del puente; pero la infantería que acompañaba al marqués, reunida de improviso pocos dias antes, mal regida y poco disciplinada, fue rechazada por los monfíes, que repasaron el puente cargando en tropel y con recio alarido sobre las gentes del marqués.

Entonces Mondejar mandó cargar á la caballería, pero á la primera envestida empezaron á arremolinar algunas picas de su escuadron, y el marqués, resuelto á todo, se vió obligado á envestir en persona, seguido de su guardia, de sus escuderos y de los caballeros particulares que le acompañaban.