Aconteció que, como el paso era estrecho, entre dos cerros, y los monfíes se embarazaban unos á otros por el poco espacio, y presentaban un frente de ocho hombres, no pudieron resistir los primeros la acometida del marqués y de sus gentes, fueron arroyados y arrojados á los barrancos laterales los primeros en que se encarnizó la embestida, y revueltos los de detrás, y siendo muy estrecho el paso del puente, cayeron la mayor parte despeñados al fondo del tajo, se retiraron los demás, y alentada la gente del marqués, pasó á la carrera y á la deshilada por las tablas, apretando á los monfíes y haciéndoles retirarse á la montaña, donde no podian perseguirlos los caballos.

El marqués pasó adelante, puso alguna arcabucería en el castillo de Lanjaron, que encontró abandonado, y acampó en una cumbre delante de los enemigos.

Pero esta victoria, señalada é importantísima, porque quebraba el primer ímpetu de los monfíes, debida al arrojo y á la sangre fría de Mondejar, no fue bastante para darle autoridad como capitan y acallar las rencillas y las competencias del presidente de la Chancillería y la rivalidad del marqués de los Velez.

De nada le sirvió tampoco el haber libertado á Orgiva, el haber conseguido notables ventajas sobre el enemigo, obligándole á concentrarse, y todo esto con poca gente, sin ningun dinero, sin bastimentos ni provisiones.

Culpábasele por el presidente Deza de haber causado con sus contemporizaciones la rebelion de los moriscos; se desestimaban sus triunfos, se atribuian al acaso mas que á la pericia, todo esto en cartas al rey en que por el contrario se elogiaba al marqués de los Velez, que, requerido por el presidenta Deza, habia entrado con sus deudos, amigos y allegados en el reino de Almeria; se ponderaban su valor y su pericia: se referia enfáticamente cómo habia combatido una gruesa taifa de moros que atravesaban desvandados por Illar; cómo habia tomado á Flix, villa de moriscos y saqueádola y llevádola á sangre y fuego, y matando mas mujeres que hombres, y cómo por falta de vituallas, se habia visto obligado á recogerse á Casar de Canjayar, á quien por otro nombre llamaban y aun llaman hoy, barranco de la Hambre, en memoria de que en él se recogieron los moriscos cuando don Fernando el Católico fué sobre Andarax, en la primera rebelion de las Alpujarras, barranco en el cual murieron de hambre casi todos los moriscos que en él se refugiaron.

Felipe II recibia estas cartas; las leia detenidamente, conocia la parcialidad que en ellas se encerraba, y no proveia socorros ni para Mondejar ni para el marqués de los Velez, ni se decidia por el uno ni por el otro.

Política incomprensible, que dejaba crecer una rebelion respetable, que dilataba la guerra y empequeñecia la influencia del rey en las Alpujarras.

Sin embargo, puso algun temor á los moriscos la toma de Poqueira, Jubiles y Paterna, lugares que por su aspereza creian inexpugnables, tomas tanto mas dolorosas para ellos, cuanto por la reputacion de fuertes de aquellas villas, habia recogido en ellas todos sus caudales que fueron tomados por los cristianos.

Con estas ventajas creyó el marqués de Mondejar tener ya vencida y á punto de terminar la rebelion; pero esta, que parecia sosegada en el centro de las Alpujarras, saltó por otras partes á las Guajaras, que son tres lugares pequeños al Poniente de las Alpujarras, situados entre Almuñecar y el valle de Lecrin, en la rambla que va á parar al puerto de la Herradura.

Los monfíes ocuparon los dos peñones que se llaman las Guajaras, uno alto, de subida áspera y dificil, y otro mas bajo y accesible.