—De modo que para doña Elvira sois un desconocido como otro cualquiera.
—¡Diablo! ¡diablo!
—Y como supongo que no os querreis casar con ella...
—¡Por Cristo vivo! hartos sinsabores me dió mi difunta, para que yo piense en casarme de nuevo... la haré mi querida.
—¡Ah! dijo don Diego; pero se me figura...
—¿Qué?
—Que si habeis de contar con doña Elvira para que abandone por vos el convento, empresa acometeis.
Picóse el orgullo de don Gabriel Coloma, que aun se creía, recordando sus buenos tiempos y fiando demasiado en el éxito que le procuraban sus doblones entre las mujeres, un seductor irresistible.
—¿Quereis que hagamos una cosa, don Diego? dijo.
—¿Qué cosa?