—Antes de que veais á María necesito hablaros, dijo con ansiedad Angiolina.

—Hablemos, pues, pero invertamos en nuestra conversación el menos tiempo posible.

—Sentaos, dijo Angiolina, acercándo unos almohadones á su lado.

Harum se sentó.

¡Oh! ¡y por cuan horrible causa nos hemos conocido! dijo Angiolina, asiéndole una mano.

Harum miró fijamente á la veneciana.

—Horrible, si, muy horrible, señora: Dios no puede perdonar á los que han sido la causa de la desastrada y terrible muerte de mi señor.

—Os juro, Harum, os lo juro por la salvacion de mi alma, que no he tenido la menor parte en ella, que nada sabia, que si alguna noticia hubiera tenido, habria evitado ese horroroso asesinato.

Harum se contuvo de una manera admirable hasta el punto de que, á pesar de hervir la cólera en su corazon, su semblante permaneció impasible, y ni el mas ligero extremecimiento agitó la mano que Angiolina tenia en prenda de amistad entre las suyas.

—Todos hemos sido bien desgraciados: la sultana Amina ha perdido á su hijo y á su esposo.