—Ni yo expondré otra vez mi estandarte á la vergüenza, dijo Alí.
—¿Y no es mas conveniente, dijo Huscen, hacer pedazos la frente de Aben-Humeya y dar la corona á quien valga mas que él; á un hombre como Aben-Aboo, valiente, leal, emprendedor, buen musulman y buen caballero?
—¡Yo! ¡yo rey! exclamó Aben-Aboo, disimulando su alegría. ¿Qué dices Huscen? ¿sobre mis débiles hombros quieres arrojar tan pesada carga? ¡No! ¡no! matad en buen hora á Aben-Humeya, y ocupe su trono otro que yo: uno de vosotros por ejemplo.
—Aluch-Alí nuestro señor, dijo Carcax, nos ha enviado á ayudaros, no á ser reyes... arreglad este asunto entre vosotros los moriscos... mas... alguien se acerca... ¿has traido á alguno contigo Aben-Aboo?
—He venido solo.
En aquel momento apareció en la entrada de la cueva un hombre.
Era Diego Alguacil.
Al ver á Aben-Aboo y á los turcos, adelantó y les dirigió confiadamente la palabra.
—Musulmanes, dijo: dadme ayuda; me he perdido en la montaña y necesito un guia para cumplir un encargo en servicio del rey.
—¿De qué rey hablas? dijo Aben-Aboo afectando no conocer á Diego Alguacil.