Por bajo se leia en mal carácter africano la frase siguiente con que acostumbraba á firmar Aben-Humeya: Esto es verdad, como si dijera: esta carta es legítima.
El furor, la ira, la venganza, todas las malas pasiones, se pintaron en el semblante de los turcos apenas conocieron el contenido de la carta.
—¿Y dudaremos aun? exclamó el iracundo Carcax: ¿Dudaremos despues de lo que hemos leido?
—¡Dudar! exclamó Alí: ¡necesito toda la sangre de ese perro infiel!
—¡Mil vidas que tuviera! exclamó Huscen. Si vosotros esperais, yo no espero ni un momento. Yo voy á buscar á los mios...
—Y yo...
—Y yo... contestaron Alí y Carcax.
Y salieron de la cueva trémulos de corage, y en paso rápido se perdieron entre las quebraduras.
Apenas habian desaparecido los turcos cuando de entre un matorral salió una sombra informe, y se asomó al borde del abismo.
—¡Ah del muerto! exclamó.