—¿Quién va allá? contestó una voz desde abajo.

—Espérame, contestó el de arriba.

Y se deslizó por el borde de la cortadura.

Poco despues se detenia junto á otra sombra.

Eran Aben-Aboo y Diego Alguacil.

—Lo han creido, dijo Diego.

—¡Lo de tu muerte! ¿pues no han de haberla creido, si yo hubiera dudado? ¡oh! ¡qué grito tan lastimero!

—¿Y los turcos?

—Allá van hácia Andarax; vamos tambien nosotros: los turcos y los monfíes nos ayudan.

—¡Los monfíes! exclamó Diego Alguacil: Dios me perdone: pero desconfío de ellos.