—¡Oh! ¿por qué no me habeis dejado morir á sus manos? dijo llorando Angiolina.

—Porque le amo demasiado para permitir que tiña sus manos en sangre, y porque vos debeis vivir.

—¡Ah! vuestra venganza es cruel, muy cruel; pero os aseguro que no viviré mucho. ¿Y él? hablemos de él: yo no importo nada. ¿Y él? ¿creeis que podrá vivir, Harum?

—Solo Dios sabe lo oculto: solo Dios, que es fuerte y misericordioso, puede hacer milagros, contestó sentenciosamente.

—¡Oh! no me habiais engañado al decirme que el marqués habia muerto, ¡Muerto!.. lo que es lo mismo... loco... agonizando lentamente... si el amor de la sultana Amina pudiese salvarle...

—¡Qué decís, señora!.. exclamó con extrañeza Harum.

—¡Qué! ¿no creeis que yo sea capaz de sacrificarlo todo por él?.. mi vida, mis zelos... vos no habeis amado nunca... si yo pudiese salvarle sentenciándome á tormentos continuos, inauditos, insoportables, le salvaria. ¿Qué me importan Amina, ni vos, ni el mundo entero, ni el cielo, ni el infierno, cuando se trata de salvarle á él?

—¡Ah! ¡funesto amor! exclamó aterrado Harum.

—Decidme, decidme lo que yo puedo hacer: exclamó con afan Angiolina.

—¿Sois capaz de sacrificaros?