Aquella tarde el andadero dió á doña Elvira dos cartas: la una era de don Diego de Válor, la otra del marqués.

La jóven entregó esta última rasgada al andadero para que la devolviese á don Gabriel Coloma, y otra cerrada para don Diego de Válor.

Esta última decia únicamente:

«Caballero: el señor marqués de la Guardia, á quien no conozco, ha pedido á la madre abadesa mi mano. Vos decís que me amais, ¿por qué no haceis lo mismo?—Elvira de Céspedes.»

Don Diego se habia enamorado perdidamente de doña Elvira, y habia comprendido á la primera ojeada que la jóven no saldria del convento sino por la puerta del matrimonio.

Esta certidumbre dió por resultado que dos dias despues la abadesa llamase de nuevo á doña Elvira á su celda y que la dijese muy tranquila, por qué su primera negativa á una demanda de matrimonio la habia hecho creer en la vocacion de la jóven al claustro, que don Diego de Córdoba y de Válor la pretendia por esposa.

Doña Elvira, con gran terror y sentimiento de la abadesa, contestó poniéndose encendida como una guinda:

—Decid á ese caballero, que le acepto por esposo.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Ocho dias despues el marqués de la Guardia envió con un escudero suyo á don Diego de Válor su yegua Niña, enjaezada con un caparazon de brocado azul, cabezon, cincha y pretal de lo mismo, y freno y estriberas de plata cincelada.