—Amigos, esto ha costado sangre humana.

Y—Dios te bendiga, wali; exclamaban los míseros: Dios acoja en su misericordia á los que han derramado su sangre por nosotros.

Harum al escuchar estas palabras se volvia de espaldas para ocultar sus lágrimas y murmuraba:

—¡Estaba escrito! ¡oh! ¡si esos miserables no hubieran asesinado al emir!

Entre tanto Aben-Aboo, encerrado en el castillo de Vérchul, acompañado únicamente de Angiolina, de algunos escopeteros, de Harum y de su antiguo esclavo africano Alí, recelaba de todo, atalayaba por sí mismo los caminos, temiendo ser sorprendido, y velaba de noche por los adarves como un alma en pena.

Habia enviado á algunos de sus parientes á Africa en demanda de nuevos socorros, los esperaba con esa tenacidad con que confian en su fortuna los ambiciosos y esperanzado en estos socorros, se negaba de todo punto á someterse al perdon prometido por el rey á los moriscos que depusieran las armas.

Rey en sueños, haciasele duro el despertar: sus remordimientos, entre tanto, le obligaban á buscar el olvido en la embriaguez.

Porque los remordimientos se habian dejado oir al fin en aquella alma que todo lo habia arrostrado por la ambicion. Mientras se encontró entre el ruido de las armas, en medio de sus gentes, que seguian al combate su bandera y se batian con fe y con entusiasmo, la continua actividad, el interés siempre vivo de nuevas empresas, el ansia del mando supremo asegurado por la victoria, le habian distraido, mejor dicho: le habian embriagado hasta el punto de que nada veia mas que el dosel rojo de un trono levantado en la cámara de Embajadores de la Alhambra; pero cuando en el solitario y silencioso castillo de Vérchul, se encontró una noche y otra, velando receloso por sí mismo, bajo un firmamento opaco, reflejando en sus pupilas escandencidas por la fiebre la misteriosa luz de las estrellas, solo consigo mismo en presencia de la inmensidad muda, bajo la mirada de Dios, un frio de terror empezó á circular por sus huesos: muy pronto sus ojos de loco no vieron ya un firmamento sombrío; vieron mas que eso: millares de fantasmas que se agitaban, que hervian en aquel firmamento y que arrojaban una lluvia de sangre sobre su cabeza: estremecióle el zumbido del viento entre las almenas, creyendo escuchar en él quejas humanas, alaridos de rabia, gritos de agonía, imprecaciones, amenazas. Parecíale oir en un eco muy lejano, entre el silencio, la voz del emir de los monfíes, que exclamaba:

—¡Parricida! ¡maldito seas!

Otra, la de Aben-Humeya, que rugia: