—¡El walí Suleiman!
—Paso al rey dijo Aben-Aboo, al sentir que le cercaban.
—Perdona señor, pero tenemos órden de llevarte á nuestro walí de los walíes.
—¡Ah! ¿con que Sidy[33] Harum-el-Geniz, se atreve á prenderme? dijo con sarcasmo Aben-Aboo.
—Sidy Harum-el-Geniz, no te prende; te detiene, porque asi es preciso para la salud del reino, y nosotros obedecemos á Sidy Harum, porque es wali de nuestros walíes.
Aben-Aboo guardó silencio y siguió hasta el pié de un sendero escarpado que conducia á la cueva grande de los Vérchules; al llegar á aquel punto mandó á los escopeteros que se quedasen abajo, y subió acompañado solo por Suleiman y por Abu-Amer.
Invirtieron un largo espacio en llegar á lo alto porque la senda era áspera, escarpada y larga. Al fin entraron en la cueva, y adelantó un hombre.
Aquel hombre era Harum-el-Geniz.
En medio de la cueva quedaban de pié otros dos hombres, pero notábase que estaban vestidos de castellanos, á pesar de que eran moriscos; el uno era Francisco de Barrado, y el otro Pedro el Zataharí.
No estaban estas personas solas en la cueva, cuya extension era inmensa; á su fondo se apiñaban ateridos de frio y de hambre, una multitud de moriscos de todas edades y sexos, y salia de aquel antro un hálito nauseabundo de miseria.