—¡A ausentaros! exclamó, conteniendo mal su alegría doña Elvira.
—Si, es preciso; preciso de todo punto: mi ausencia será á lo mas de quince dias: cuidad vos entre tanto al enfermo: pero vos sola.
—¡Yo sola! ¡abandonado...! ¡sin los auxilios de la ciencia...!
—No, no he querido decir tanto: antes de marchar avisaré á nuestro médico; es un buen morisco, un noble anciano y guardará el secreto: solo he querido deciros que vos, sola vos, sereis la enfermera.
—Os amo tanto, esposo y señor, dijo hipócritamente doña Elvira, que no perdonaré por vos ningun sacrificio.
—Si, si, ya lo se, doña Elvira, y mereceis que yo... os prometo corregirme... dejarme de locuras... pero adios: no olvideis lo que os he encargado.
—Id tranquilo, señor, no lo olvidaré.
Don Diego salió dejando sola á su mujer con el hombre á quien amaba.
Un momento despues, tranquilo y sonriendo entraba en la gran cámara de recibo de su casa.
En ella estaban doña Isabel de Válor, pálida, pero con la palidez mas hermosa, su hermano don Fernando de Válor, los testigos que habian asistido á la ceremonia y algunos convidados, entre los cuales se contaba don Gabriel Coloma, marqués de la Guardia.