—Me ama, si, si en verdad, dijo con amarga ironía Miguel Lopez.

—Os juro, señor, dijo doña Isabel con voz firme y tranquila, que nadie me ha violentado para que fuese con vos al altar.

—Pero habeis ido desesperada; como si hubierais ido á vuestros funerales; pálida, llorosa.

—Perdonad, señor, pero el estado que acabo de tomar... yo os juro que si vuestra felicidad está en mi mano sereis feliz, muy feliz... ¿no es esto amaros, señor... como os puedo amar ahora? mañana tal vez...

—¿Quién sabe lo que sucederá mañana? dijo Miguel Lopez, sin apearse de su dureza, aunque algo mas tranquilo, porque tenia fe en la virtud de doña Isabel.

—Por lo mismo que no sabemos lo que sucederá mañana, dijo don Diego, será prudente que por ahora no os veleis.

—¿Es decir que solo tengo á medias á doña Isabel?

—Debeis comprender que cuando esto os digo tendré motivos poderosos. Por ejemplo, mañana podreis morir.

—¡Oh! ¡no lo quiera Dios! exclamó cediendo á su natural virtud doña Isabel.

Miguel Lopez se dulcificó un tanto, interpretando de una manera falsa, por amor propio, la frase de doña Isabel en su favor, frase que tenia muy distinto sentido y que hizo estremecer á don Diego y á don Fernando.