Lo que primero la aterraba era el estado de Yaye; despues el crímen que habia comprendido meditaban sus hermanos contra Miguel Lopez, luego, en fin, los zelos.
Los zelos, porque habia adivinado en un solo momento que su cuñada doña Elvira amaba á Yaye.
Ella le amaba tambien; habia sacrificado su cuerpo pero no su amor: no podia confesarle ante los hombres, pero podia guardarle en el fondo de su alma, como en un santuario.
Doña Elvira se habia abrogado enteramente el cuidado del enfermo: es cierto que doña Isabel no podia estar junto á él ¿pero acaso, doña Elvira no era tambien una mujer casada?
¿Acaso no amaba á Yaye?
Porque doña Isabel con ese delicado instinto de la mujer que ama, habia comprendido á primera vista que doña Elvira amaba á Yaye.
Ella le hubiera asistido con la pureza de un ángel.
Y sobre todo lo que mas importaba á doña Isabel en aquellos momentos era su vida.
Sin embargo ni una palabra dijo á doña Elvira.
Ni una sola vez la preguntó por el estado del enfermo.