—Isabel de Válor es el tósigo que te mata Jerif-ebn-Aboó: ¡tu esposa la vírgen descendiente de Mahoma! ¡la amada del emir de los monfíes! ¡Isabel de Córdoba y de Válor tuya!
—¡Ah! ¡has renunciado tu corona en tu hijo! ¿y donde está tu hijo Yuzuf, que no se me presenta en tu lugar á pedirme cuenta de su amada?
Habia tal sarcasmo en la pregunta de Miguel Lopez, que el emir tembló á un tiempo de cólera y de terror.
—¿Que quieres decir hombre fatal? exclamó: ¿sabes tú lo que ha sido de mi hijo?
—¡Cómo! ¿no sabes lo que ha sido de tu hijo, emir?
—¿Si lo supiera vivirias?
—Los Válor se detienen poco ante el asesinato, contestó con cierta feroz complacencia Miguel Lopez.
—¿Y crees que se hayan atrevido....?
—En primer lugar, Yuzuf, tú has sido muy imprudente al elegir la crianza de tu hijo; has querido que sea moro y cristiano, que sepa tanto como un inquisidor, y que aborrezca, como tú los aborreces, á los conquistadores: tu hijo ha vivido entre los castellanos y no ha faltado una castellana impura que le ame, ni una doncella morisca que palidezca de amor por él. Ya sabes quien es la doncella. La hermana de don Diego. ¿Quieres saber ahora quién es la mujer adúltera que ama mas que á su alma al hermoso Yaye? Esa mujer es doña Elvira de Céspedes, la esposa de don Diego de Córdoba y de Válor.
—¡Mientes! exclamó con cólera Yuzuf ¿cómo has podido tu conocer á mi hijo?