—¡Ah! ¡ah! ¡noble y poderoso señor! tú quisieras que todos los que te sirven, todos los que se doblegan ante tí, fueran topos: pero hay hombres... como yo... que están á tu servicio y que son feroces como el lobo y astutos como el raposo. ¡Ah! ¡ah! era necesario ser muy torpe para no conocer que aquel hermoso mancebo que no conocia á sus padres, á quien siempre acompañaba el sabio Abd-el-Gewar, á quien tú mirabas con tanto amor, por el que te atrevias á entrar en Granada, á meterte en medio de tus enemigos, no era tu hijo, el hermoso hijo de doña Ana de Córdoba y de Válor: ¡ah! ¡ah! yo lo sabia todo esto, mi noble señor... y anoche... yo habia visto tambien muchas veces á doña Isabel: yo la amé... ¡yo que nunca habia amado! la amé con toda la fuerza de mi alma... y me propuse que fuera mia... otro acaso no hubiera podido conseguirlo, encontrándose en la pobre situacion en que yo me encontraba, sin nobleza heredada, zafio, nada hermoso, reducido por mi suerte á la servidumbre; pero en mal hora don Diego me habia elegido para ser su correo para contigo: una sola carta de don Diego escrita para tí y depositada en una persona de confianza, me ha servido para que don Diego no se atreviese á negarme su hermana. ¿Qué quieres, emir? el amor nos arrastra á todo ¿No sabes que por una mujer somos capaces de perder la vida y el alma? ¿Acaso no es una mujer la causa de que yo me encuentre en este lecho y en tu poder? El amor de Isabel me arrastró...

—¡Y vendiste por una mujer á tu patria, y ofendiste á tus señores, y jugaste tu vida á un dado!

—Ya te he dicho que por una mujer como doña Isabel de Válor, se juega la vida y la salvacion del alma.

—Escucha, Jerif-Aboó, dijo conteniéndose Yuzuf: por la menor cosa de las que has hecho mereces la muerte.

—Lo sé, contestó con la misma audacia Miguel Lopez.

—De modo que don Diego de Válor trayéndote al matadero, no ha hecho mas que usar de su derecho.

—¿Y por qué antes de entregarme su hermana no me ha matado frente á frente?

—Eso hubiera sido leal y tú has sido traidor.

—Eso no es mas sino que don Diego te tiene mas miedo á tí, que á mí, á pesar de las pruebas de que sabe puedo usar y que le perderian. Pero ya que hablo de perder, estamos perdiendo el tiempo. Tú has venido á verme por algo, poderoso emir.

—Sin duda: he venido á que me des alguna luz sobre el paradero de mi hijo.