—¡Ah! ¡tu hijo se ha perdido! ¡El hermoso Yaye-ebn-Al-Hhamar, el noble emir de los monfíes no parece!

—Ignoro su suerte, dijo Yuzuf, y soy capaz de perdonarte...

—¿Si te digo donde está Yaye?

—¿Lo sabes?

—No, pero lo presumo.

—Habla y pide.

—Primero es pedir que hablar: yo sé que eres noble y grande Yuzuf; yo sé que no hay ningun rey en el mundo que pueda jactarse como tú de respetar la fe de su palabra. ¿Si te doy indicios por los cuales puedas encontrar á tu hijo, me perdonarás mi traicion?

—Sí.

—¿Me dejarás volver al lado de mi esposa?

Meditó un momento Yuzuf.