—Si ella se resigna á vivir contigo, sí.

—Acepto; exclamó Miguel Lopez con alegria, porque conocia la virtud de doña Isabel.

—Es necesario ademas que te comprometas á otra cosa.

—¿A qué?

—A entregarme la carta escrita para mi por don Diego, y de la cual te has valido para conseguir por medio del terror á doña Isabel.

—Te lo prometo, dijo el morisco: cuando doña Isabel, que ya es mi esposa, sea mi mujer.

—Quedamos convenidos. Habla, pues, lo que sepas acerca de mi hijo.

—El mismo dia y en el mismo momento en que yo esperaba en la iglesia del Salvador á que llegara don Diego para celebrar la ceremonia de mi casamiento con doña Isabel, se presentó en casa de don Diego tu hijo.

—¿Estas seguro de ello?

—Tan seguro, como que me lo dijo uno de los escuderos de don Diego llamado Ayala, entre otras cosas graves que me reveló y que me obligaron á que se efectuase la ceremonia antes de la llegada de don Diego.