—¿Y qué presumes?
—Si tu hijo no ha parecido, debe estar en casa de don Diego de Válor: preso tal vez, acaso herido.
—¡Herido! ¡preso!
—Tu hijo amaba á doña Isabel, es altivo: don Diego es valiente y fiero; si han mediado dicterios y amenazas... además recuerdo que cuando despues de salir de la iglesia, fuimos á casa de don Diego, no salió á recibirnos su esposa doña Elvira; que don Diego estaba turbado; que nos pretextó que doña Elvira no podia presentarse porque se encontraba enferma, y despidió á los convidados; despues me dijo que era necesario que le siguiese á las Alpujarras: que tú nos llamabas... lo demás ya lo sabes.
—Si no me has engañado Jerif-ebn-Aboó, cuenta con tu perdon... despues... despues, si encuentro á mi hijo, con mi recompensa.
Y Yuzuf volvió la espalda para salir.
—Espera, emir, espera, dijo con ansiedad Miguel Lopez.
—¿Qué quieres? contestó volviendo Yuzuf.
—¿Me dejas solo en poder de ese gitano?
—Ese gitano, como tú le llamas, y que Dios sabe si lo es, Jerif-ebn-Aboó, es el hombre á quien debes dos veces la vida; primero salvándote de los asesinos, despues curándote las heridas. ¿Qué tienes que temer de ese hombre?