—Ese hombre es un demonio, Yuzuf.

—No, no por cierto: todo consiste en que tú eres cobarde, y como cobarde receloso. Ademas, ese hombre es mi esclavo, y nada se atreverá á hacer contra un hombre á quien yo protejo.

—¡Ah! ¡Dios te libre del gitano, emir!

—Pídele que te libre de tu miedo. Adios, Jerif-ebn-Aboó, adios. Necesito buscar yo mismo á mi hijo. Nada tienes que temer si has sido leal. Y en cuanto á ese hombre, ya te he dicho que es mi esclavo. Adios.

Pronunció el emir con tal resolucion estas palabras, comprendió de tal manera Miguel Lopez, que una nueva réplica solo serviria para irritarle, que le dejó ir sin pronunciar una palabra mas.

El emir empezó á subir lentamente las escaleras: antes de llegar á ellas le habia parecido sentir un breve y furtivo paso que se alejaba con gran rapidez; pero aquel ruido podia haber provenido tambien de las escamas de alguno de los reptiles que anidaban en el subterráneo, al deslizarse por la piedra. Cuando llegó á lo alto notó que la puerta estaba cerrada. Apenas tocó á ella la puerta se abrió y apareció Calpuc, con una lámpara en la mano.

Mas allá estaba Abd-el-Malek y los otros cuatro monfíes.

—Calpuc, dijo el anciano, te recomiendo el cuidado de ese hombre. Su vida me importa demasiado. Adios.

—Ve en paz, rey de la montaña, ve en paz: tus deseos son para mí preceptos.

—Yo ruego á mi hermano, dijo Juzuf, estrechándole la mano.