—Yo amo á mi padre, dijo Calpuc, poniendo aquella mano sobre su frente.
Poco despues Yuzuf montaba á caballo fuera de la gruta, y se alejaba pensando para sus adentros:
—Jerif-ebn-Aboó es un zorro que no se engaña: ¿qué habrá encontrado de terrible en el indiano...? ¡oh! ¡oh! ¿se atravesará alguna vez este hombre en mi camino? ¡Oh! ¡Dios sabe lo oculto! ¡Dios me inspirará!
Entre tanto Calpuc bajaba las escaleras que conducian al espacio donde se encontraba postrado Miguel Lopez, murmurando:
—Ese hombre desconfía de mí, me teme... tiene razon, porque él viene á ser para mí el cabo del hilo que ha de guiarme en el laberinto de mi empresa, y ha de servirme para mis proyectos y para mi venganza. ¡Que soy tu esclavo, rey de la montaña! ¡Ah! ¡ah! ¡soy tu hermano, como el oprimido es hermano del oprimido! ¡pero tu esclavo no! y, sobre todo, no te pongas en mi camino... si tú eres fuerte yo tambien lo soy... tú tienes un ejército de bandidos, pero yo tengo tesoros... ¡oh! ¡oh! ¡tu esclavo! ¡lo veremos! ¡lo veremos, emir!
Y pensando esto, entró en la estancia inferior, dejó la lámpara sobre la mesa, y se sentó al lado de Miguel Lopez.
—¿Tienes interés en que tu esposa sepa que vives? le preguntó despues de algunos momentos de silencio.
—¿Que si me interesa, dices, que doña Isabel sepa de mi vida? ¡Oh! ¡sí! y tú...
—Yo puedo ser tu amigo ó tu enemigo: yo puedo salvarte ó perderte.
—Habla.