—Soy... un amigo de vuestro padre, la dije.

—¡De mi padre! exclamó con afan; ¿conoceis á mi padre? ¿mi padre os envia?

—No; por el contrario, espero á que vuestro padre vuelva al castillo, la contesté.

—¡Ah! os habeis engañado; el hombre que vive en esta casa, y que está ahora en el castillo, no es mi padre, repuso con desaliento.

—¡Ah! ¡perdonad, yo creia!

—Ese hombre es mi señor, un señor infame, de quien esperamos hace mucho tiempo mi madre y yo que nos salve la justicia de Dios.

—¡Ah! ¡vuestro amo!

—Sí; somos sus esclavas.

—¡Sus esclavas! ¿luego sois...?

—Somos mejicanas.