—¿Y qué quereis de mí?

—Que nos salveis.

—¡Que os salve...! ¿y cómo?

—Oid: buscad un medio para engañar á ese hombre: sacadnos de esta casa, llevadnos á un puerto de mar para que podamos embarcarnos: sino teneis dinero, yo tengo joyas: si sois ambicioso os haremos rico.

—¿Y por qué no salvaste á aquella infeliz? dijo con voz amenazadora Calpuc.

—¿Y qué me importaba...? ademas era una esclava.

—¡Como sois esclavos vosotros los moriscos! repuso Calpuc.

—¡Ah! pero nosotros peleamos, luchamos; las montañas de las Alpujarras estan llenas de monfíes que nos vengan, matando cristianos, de las infamias del vencedor.

—Los mejicanos tambien luchan: tambien en las fronteras del desierto, los españoles caen á centenares inmolados á los manes de nuestros padres degollados, de nuestras esposas deshonradas, de nuestras doncellas cautivas.

—¡Tú eres mejicano!