—Ten mucha cuenta de no engañarme, Miguel Lopez.

—No, no te engaño; ¿pero qué me darás en recompensa de los servicios que te hago?

—Te daré tu esposa: es decir haré que tu esposa sepa que vives.

—Puede no creerte.

—Tú me darás una carta para ella.

Miguel Lopez miró fijamente al mejicano.

—Un grave interés debes tú tener en que doña Isabel no se crea viuda para que no pueda casarse con el emir de los monfíes, no con el viejo Yuzuf, sino con el jóven Yaye, en quien ha abdicado.

—Nada te importa el interés que yo tenga en ello; cualquiera que sea, yo me obligo á devolverte tu esposa; pero aun me queda mas que exigir.

—¿Qué mas?

—Estoy seguro de que cierta carta que posees, carta de don Diego de Válor al emir Yuzuf, en la cual ha jugado su cabeza, y por cuya carta le tienes en tu poder, la tendrás puesta á buen recaudo.