Doña Isabel, sabia demasiado la razon del retraimiento de doña Elvira: sentia por él unos profundos zelos; lloraba cuando se encontraba sola, pero guardaba una reserva sin límites: para saber que Yaye vivia, la bastaba mirar el semblante de su cuñada; pero la observacion de aquel semblante era un tormento para doña Isabel.

Parecíala notar en los ojos de doña Elvira una segunda vida; la vida de un amor ardiente y satisfecho...

Pero volvamos á Harum.

Despues de su observacion salia á la calle y se dedicaba á nuevas investigaciones: habia procurado averiguar la procedencia del capitan; pero por mas que él y los otros monfíes que con él estaban en Granada, revolvieron é indagaron, no se pudo sacar en claro sino que el capitan era forastero y nadie le conocia.

Del mismo modo todos sus esfuerzos eran inútiles para dar con el emir; todos los dias, pues, á la caida de la tarde, iba á dar cuenta de sus trabajos á Abd-el-Gewar.

Esta cuenta se reducia á muy pocas palabras.

—Santo faquí, decia Harum inclinándose, ni yo ni los mios hemos podido averiguar nada acerca del paradero del poderoso emir.

Abd-el-Gewar trasmitia diariamente este breve parte verbal á Yuzuf por mano de un monfí.

Al fin un dia Abd-el-Gewar recibió la siguiente carta de Yuzuf.

«Creo que yo me encuentro mas cerca que tú de saber el paradero de mi hijo.»