Y sin embargo Abd-el-Gewar y Harum le estaban tocando, como quien dice, con la mano; le tenian enmedio, aunque á alguna profundidad debajo de tierra.
Doña Isabel, que era la única partícipe del secreto con su hermano y su cuñada, habia callado por amor á su hermano, á pesar de que sabia que Yaye era buscado con ansia... sabiendo que Yaye estaba en poder de una mujer que le amaba.
Isabel por un sin número de razones se veia obligada á callar y á sufrir.
Habia pasado cerca de un mes desde el dia del casamiento de Isabel.
Durante aquel mes ninguna noticia habia venido á desmentir la noticia de la muerte de Miguel Lopez; nada se sabia de la suerte de don Diego y don Fernando de Válor.
Un dia que doña Isabel estaba, segun su costumbre, triste y abstraida, sentada en el banco bajo la enramada de jazmines, vino á sacarla de su abstraccion el ruido de una disputa que pasaba cerca de ella. Levantó los ojos del cesped donde hasta entonces los habia tenido inclinados, y vió que uno de los lacayos de su hermano pugnaba por arrojar fuera un mendigo, que á su vez pugnaba por llegar hasta ella.
—¿Qué quiere ese hombre, Andrés? dijo doña Isabel.
—Este hombre, señora, ha aprovechado un momento en que he dejado abierto el postigo, y quiere á todo trance hablar con vos.
—¿Y qué quereis buen hombre...?
—¡Ah! ¿qué quiero...? tened caridad de mi, señora, y Dios la tendrá de vos, dijo el mendigo con un pronunciado acento extranjero.