Este se acercó á doña Isabel y la contempló en silencio algunos momentos, con una profunda expresion de lástima.
—¡Cuán hermosa sois señora, y cuán digna de ser feliz! la dijo.
—¿Y quién os ha dicho que yo soy desgraciada? contestó con cierta dureza dona Isabel quien, á pesar de todo, la sentaba muy mal que un hombre, que parecia tan miserable, la tuviese lástima.
—¡Oh! para que supieseis los motivos que tengo para compadeceros seria necesario que nadie nos escuchase.
—¿Y era esa la caridad que veníais á pedirme?
—Yo no soy mendigo, señora.
—Sin embargo vuestro aspecto...
—Haced que vuestro criado se retire un tanto: me basta con que no pueda oirnos.
Dominada hasta cierto punto doña Isabel por aquella extraña aventura, mandó á Andrés que se retirase.
Este se retiró á alguna distancia, siempre murmurando y sin quitar ojo del mejicano.