Cuando este vió que no podia ser oido la dijo:

—Os tengo lástima porque mereceis mejor esposo, y mejores parientes.

—¿Quién os ha autorizado á insultar á mi familia?

—¡Oh! ¡la desgracia!

—¿Ha causado mi familia vuestra desgracia?

—No, no ciertamente: pero los desgraciados somos hermanos y tomamos con mucha facilidad por nuestras las desgracias de los demás.

—Concluid, porque me parece que hasta ahora nada me habeis dicho que tenga que ver con la obra de caridad que esperabais de mí.

—Concluiré muy pronto: tomad.

Y sacó de entre sus andrajos una carta que entregó á doña Isabel.

Al ver el sobre de aquella carta doña Isabel dió un grito.