—No os comprendo bien ¿quereis tal vez aterrarme?
—Yo no pretenderia jamás imponer terror á un ángel, señora. Solo os he dicho lo que acabais de oir acerca de la vida de ese hombre, porque me parece que es una cabeza sentenciada: sí; estoy seguro de que Miguel Lopez morirá de mala muerte.
—¡De mala muerte! ¿y por qué?
—Porque es un malvado y al fin y al cabo los malvados caen heridos por la mano de Dios.
—¡Ah! exclamó doña Isabel; escudado con esta carta, que de una manera tan extraña me habeis entregado, me estais haciendo oir muy duras palabras.
—Ese es un aumento de desgracia que os procura vuestra familia.
—Pero, en fin, dijo doña Isabel: ¿quién ha sido causa del desgraciado suceso acontecido á mi esposo? Los lacayos que vinieron á traernos la triste nueva, nos dijeron que mi esposo y mis hermanos habian sido acometidos por los monfíes de la montaña; que mi esposo habia sido muerto y que mis hermanos habian desaparecido.
—Es cierto que los monfíes acometieron á vuestro esposo, pero fueron pagados para ello por vuestro hermano don Diego.
Doña Isabel palideció aun mas y bajó la vista ante la profunda mirada de Calpuc.
—Vuestro esposo hubiera perecido, sin duda, continuó este á no haber sido porque yo acudí en su socorro.