—Os doy las gracias, quien quiera que seais, dijo toda turbada doña Isabel.
—¡Ah! ¡si yo hubiera conocido á Miguel Lopez, le hubiera dejado morir! contestó con un acento lleno de misericordia Calpuc. Pero Dios lo ha hecho de otro modo.
—Sí, si, habeis hecho muy bien en salvarle y os repito que os estoy profundamente agradecida.
—Nada me agradezcais. He obrado como debe obrar un hombre temeroso de Dios.
—Vos no sois mendigo, segun me habeis dicho, dijo doña Isabel, fijando profundamente sus grandes ojos de gacela en Calpuc.
—En verdad que no, señora, pero me era preciso adoptar un disfraz cualquiera, para acercarme á vos sin inspirar sospechas. Por lo mismo y para no inspirarlas debemos concluir nuestra conversacion, que se va haciendo larga. Segun recordareis, vuestro esposo os ruega me entregueis la sortija que os dió en arras de su casamiento con vos.
—¿Y os urge recibir esa sortija? dijo doña Isabel.
—No, no ciertamente. Podré esperar hasta esta noche.
—¡Esta noche! ¿y dónde creeis que podreis verme esta noche?
—Aquí, en este mismo sitio, cuando todos esten recogidos en la casa, y podamos hablar sin ser sentidos de nadie.