—¡Eso es imposible! ¡yo sola, de noche, con un hombre á quien no conozco!

—¿Recelais de mí despues de haber leido la carta de vuestro esposo?

—No, no desconfio. Perdonad un vago recelo en una mujer que ha sido muy desgraciada. Me pareceis leal y consiento en recibiros.

—¿A qué hora?

—Despues de las ánimas.

—Despues de las ánimas estaré en el postigo del jardin.

—A esa hora y confiando en vuestro honor, os abriré.

—Adios, pues, señora, y hasta la noche.

—Hasta la noche: adios.

Y Calpuc se separó de doña Isabel, lanzó una profunda y ansiosa mirada á las ventanas de la casa en que vivia el capitan Sedeño, y que se veian por cima de la tapia medianera de los dos huertos, y al verlas cerradas exhaló un profundo suspiro.