—¡Ah! ¡señor! ¡magnífico señor! exclamó Harum arrojándose á los piés de Yaye.
—Alza y escucha: ¿cuántos dias han pasado desde aquel en que yo llegué á Granada?
—¿Quereis decir, señor, desde el dia en que me mandásteis que siguiese sin perder de vista á la hermosa morena de los ojos de luz?
—¡Ah! ¡la princesa mejicana! exclamó perturbado bajo aquel recuerdo Yaye.
—Pues ha pasado un mes, cabalmente desde aquel dia, señor.
—¡Cuántas variaciones en un mes en la vida de un hombre! exclamó el jóven emir. Y se quedó profundamente pensativo.
—Perdonadme, señor, dijo Harum, si os advierto, que estando en estos corredores nos pueden ver desde las ventanas y desde el jardin de la próxima casa de don Diego de Córdoba y de Válor.
—¡Ah! ¡es esa la casa de don Diego de Córdoba! dijo Yaye mirando al frente: pero de improviso se puso pálido y lanzó una exclamacion desde el fondo de su alma.
—¡Ah! ¡doña Isabel!
En efecto, la jóven habia atravesado lentamente y con su severo traje de luto, un corredor de la casa vecina y habia desaparecido.