—¿Vive doña Isabel en la casa de su hermano don Diego? dijo con voz apagada por la conmocion Yaye.
—Si señor, todos los dias por la mañana la veo sentada en aquel banco de piedra que hay al pié de aquella enramada de jazmines. Pero retirémonos de aquí si os place, señor, y si quereis observar la casa de don Diego, yo os llevaré á un lugar desde donde podais ver sin ser visto.
Yaye conoció que la observacion de Harum era prudente, y le siguió á un aposento cercano en el que habia una ventana con celosía y desde donde se descubria lo mismo que desde el corredor, las dos casas y los dos huertos del capitan estropeado y de don Diego de Válor.
—¿Acostumbra doña Isabel á dejarse ver? preguntó Yaye.
—Solo por la mañana, señor, y en el lugar que os he marcado.
—¿Has hablado alguna vez con ella?
—Nada me habiais encargado acerca de doña Isabel, señor.
—Es verdad. Y dime: ¿que ha sido de Miguel Lopez?
—Se le cree muerto.
—¿Se sabe quién ha mandado su muerte?