—Me ha preguntado si estais enfermo, y aunque le he dicho que no, me ha dado este relicario.

Harum sacó de su bolsillo un objeto envuelto en un pedazo de tela de seda color de rosa.

Era en efecto un relicario.

Pero un relicario riquísimo: de oro, cincelado y esmaltado, pendiente de una cadena del mismo metal, orlado de perlas, y conteniendo por un lado la imágen de la Vírgen inmaculada, y por el otro un pequeño Lignum Crucis.

El jóven miró con repugnancia aquel rico objeto de devocion.

—¿Para qué te ha dado esto esa dama? dijo á Harum.

—Doña Isabel me ha dicho: si está enfermo, que se ponga pendiente del cuello esta santa reliquia, y sanará.

Nublóse mas el semblante de Yaye, y tuvo impulsos de entregar el relicario á Harum para que lo devolviese á Isabel.

—Pero no, dijo para sí: su solicitud por mí, no merece tan descortés respuesta; yo mismo se lo devolveré.

Y despidió á Harum.