Aquella noche el sueño de Yaye fue inquieto: al amanecer se vistió, y se puso en la galería.
Ya estaba en ella Isabel.
Pero pálida, con la palidez enfermiza de una salud alterada: flaca, con la mirada tristemente dulce; con las hermosas manos casi diáfanas.
Un solo mes de ausencia, habia causado tal estrago en la pobre niña.
Un vivísimo sentimiento de compasion se apoderó de Yaye al ver á Isabel.
—¡Oh! dijo esta: yo os habia creido enfermo... y estais... como siempre... gracias á Dios.
—Vos en cambio... dijo Yaye, y no se atrevió á continuar.
—Sí, he sufrido mucho... Isabel se detuvo tambien.
—He venido á devolveros un relicario que disteis ayer á mi escudero, dijo Yaye haciendo un esfuerzo.
Isabel le miró y no pudo contener dos brillantes lágrimas que asomaron á sus ojos.