—Muy bien, señor.
—A nadie, ¿lo entiendes?
—Si señor.
—Además, es necesario que procures introducirte con la servidumbre de don Diego de Válor, á fin de que yo pueda hablar con doña Isabel.
—Las tapias son fáciles de escalar, señor... y yo mismo...
—Componte como puedas, pero no cometas ninguna imprudencia.
—¡Oh! en cuanto á imprudencias seria la primera que cometiese: por no ser imprudente no puedo daros ya noticias positivas acerca de la dama morena que me mandásteis seguir.
—¡Cómo! ¿sabes donde para?
—Muy cerca de nosotros, ahí, en esa otra casa cuyo huerto linda con el de don Diego y cuyas celosías estan tan cerradas.
—¿Y no has tenido medio de amparar á esa desdichada?