—¡Oh! dijo! ¡si sois honrado y leal y venís á salvar á mi hija, á librar á una pobre madre de la inquietud mortal de dejarla abandonada en el mundo, que Dios os bendiga, caballero!

—Os juro, señora, proteger á vuestra hija como si fuese mi hermana, dijo con entusiasmo Yaye.

—Acaso vuestro poder no alcance á protegerla.

—Mi poder alcanza á mucho, señora, dijo con suma confianza Yaye.

—Sin embargo, temo por vos mismo. ¿Cómo os habeis introducido aquí? ¿Sabeis quién es el hombre que nos guarda? ¿Sabeis que si por desdicha sobreviniese...?

—Aunque ayudase el infierno á ese infame mutilado, nada podria hacer contra mí.

—Respeto las razones que tengais para apoyar vuestro dicho... pero es preciso ganar tiempo...

—Nada temais... os repito que nada teneis que temer... ved por el contrario qué quereis, qué necesitais.

—¿Qué quiero? ¿qué necesito? exclamó con alegría la enferma: ¿podreis procurarme un sacerdote?

—¡Oh! ¡sí! ¡hola, Harum!