—No hay mas hombre que yo, dijo, cediendo á aquella especie de tormento, el soldado.

El monfí comprendió que debia aflojar sus dedos y aflojó.

—¿Y qué otras personas hay en la casa? continuó Yaye.

—Una vieja cocinera y una criada.

—¿Dónde están?

—En la cocina.

—Llévate á ese hombre, dijo Yaye al monfí.

El monfí arrastró consigo al soldado que no se podia valer.

—¿Pero qué quereis hacer conmigo, señor? dijo todo trémulo el soldado.

—Llévate á ese hombre, repitió Yaye: que le aseguren los otros de modo que no pueda escaparse ni gritar, y tú vuelve.