El monfí hizo un esfuerzo y, en silencio, siguió arrastrando consigo asido del cuello y doblegado á aquel hombre, y desapareció por la puerta de servicio.
—¡Ah! exclamó Estrella: Dios ha tenido al fin compasion de nosotras y os ha enviado para salvarnos. ¿Pero nada temeis caballero?
—Nada absolutamente, señora; descansad en la confianza de que sois libres, enteramente libres; ¡ay! ¡Ojalá que como he podido libertaros pudiera devolver la salud á vuestra madre!
—¡Oh! yo soy en este momento muy feliz, caballero, dijo la enferma: no sé por qué creo que vos sereis para mi hija un doble apoyo, un hermano, y muero tranquila.
—¡Oh, madre mia! acaso... si Dios tuviera misericordia de nosotras... exclamó Estrella; ya que hemos encontrado un corazon generoso que nos ampara...
—No, no, hija mia, dijo la enferma con acento débil y cansado... esto se acaba... se acabará dentro de algunos momentos... y luego... quedando tú amparada, me importa poco morir... acercaos, caballero... acercaos.
Yaye adelantó.
—Dentro de poco, dijo la moribunda, mi hija habrá quedado sola sobre la tierra... es demasiado hermosa para que no corra mil peligros... sin embargo, mi hija tiene unos parientes que no la conocen; mi padre el duque de la Jarilla.....
—¡El duque de la Jarilla! exclamó Yaye.
—Yo no puedo deciros lo que quisiera; necesito reconcentrar mis fuerzas para hablaros; me muero... es preciso que concluya... si mi padre hubiere muerto... si los parientes de mi hija no la reconociesen... no la amparasen...