—Vuestra hija, señora, tendrá en mí un hermano, un hermano poderoso.
—¡Un hermano poderoso! exclamó con admiracion la moribunda. ¿Quién sois pues?
—Soy rey de los monfíes de las Alpujarras.
—¡Rey! exclamaron á un tiempo con asombro la moribunda y Estrella.
—Diez mil hombres, tan fuertes y tan valientes como el que acaba de apoderarse del infame servidor de ese infame capitan, obedecen mi voz.
—¡Ah! ¡pero sois moro! ¡sois infiel! exclamó con desaliento la moribunda.
—¿Y bien, un moro no puede ser caritativo y caballero? exclamó con orgullo Yaye.
—¡Oh! si, si, exclamó la enferma con acento inspirado: todo lo espero de vos, todo, y creo, añadió con acento solemne, Dios me lo dice en mis últimos momentos... vos sereis mas que un hermano para mi pobre Estrella... mi pobre Estrella puede ser para vos... la salvacion de vuestra alma.
La imprevista prediccion de la moribunda, hizo sentir á los dos jóvenes una impresion indefinible, misteriosa, desconocida: Yaye miró de una manera involuntaria á Estrella, y encontró los ojos de esta fijos de una manera ardiente en los suyos.
Pero instantáneamente los dos jóvenes bajaron los ojos: Yaye estaba profundamente pálido, Estrella encendida con un magnífico rubor que habia dado á su semblante las tintas de una rosa de Alejandría.