Esperé un momento á que dominase su conmocion, y la respondí:

—En efecto, señora, el adelantado de la frontera, ha premiado mis largos servicios al emperador, haciéndome la honra de encargarme...

—¿Y qué encargo es ese?...

—Hace diez años los indios sorprendieron al adelantado, y le robaron una hija adorada.

—¿Y el adelantado, no se ha acordado en diez años de buscar á su hija? dijo con cierto sarcasmo doña Inés.

—El adelantado, señora, ha enviado uno y otro capitan; á uno y otro tercio al desierto; todos han perecido.

—¿Y solo vos habeis podido llegar?...

Doña Inés se detuvo.

—Si, si señora, la dije con audacia, yo solo he tenido la fortuna de encontraros.

—¡De encontrarme! ¡pues qué! ¿creeis que yo soy la hija del adelantado? ¿es esa señora la única española que por las vicisitudes de la guerra ha venido á parar á poder de los indios?