—Yo, señora, la contesté, no hubiera aventurado ninguna expresion, sino estuviese seguro de que vos sois doña Inés de Cárdenas.

—¡Que estáis seguro de que yo soy...!

—Si, por cierto, porque os conozco.

—¡Que me conoceis!

—He visto vuestro retrato en casa de vuestro padre.

—Sin duda os engaña la memoria.

—Suele suceder que la memoria engañe; pero jamás engaña el corazon.

Doña Inés afectó no comprender el sentido directo y audaz de mis últimas palabras.

—El corazon se engaña tambien me dijo con la mayor naturalidad; á quinientas leguas de distancia, cuando se han atravesado bosques y desiertos, y se han visto muchas mujeres... es fácil...

—Si, eso es fácil para un indiferente, pero no para un hombre que ama.