Era ya el tiro tan directo que doña Inés no pudo desentenderse y adoptó un aspecto severo.

—Si creeis que yo soy hija del duque de la Jarilla; si habeis comprendido la posicion que ocupo en esta casa, por mas que yo no sea la mujer que creeis, me haceis una grave ofensa.

—Perdonad, pero no conozco bien vuestra posicion.

—¿Y qué posición puede ser la mia, teniendo una hija, sino la de esposa de un hombre que profesa mi misma religion, y que es mas ilustre que yo, puesto que es rey de unos dominios tan extensos como los del emperador don Carlos?

—Dominios que sin embargo se conquistan con cien soldados castellanos.

—Asi lo quiere Dios, y es justo que asi sea, dijo doña Inés. Pero no os mostreis tan orgulloso; hasta ahora solo habeis tropezado con pequeños caciques á los que os ha sido fácil vencer: no habeis encontrado un solo guerrero: todas esas turbas que habeis vencido, son restos de tribus aterradas, desmembradas que han huido á los desiertos, despoblando la parte conquistada por los españoles. Pero ahora os encontrais en la primera ciudad de otro imperio fuerte y poderoso que no se ha aterrado todavía, y que está acostumbrado á vencer á los españoles. ¿No sabeis de boca del mismo adelantado de la opuesta frontera, que á pesar de sus murallas, de sus cañones y de sus soldados castellanos, los idólatras le arrebataron su hija de su mismo palacio?

—¡Oh! ¡al fin confesais!...

—Me remito á lo que vos mismo me habeis referido.

—Pero os repito, doña Inés, que he visto vuestro retrato en la casa de vuestro padre, que no puedo desconoceros, porque causásteis en mí una emocion profunda, y porque, en fin, en nada habeis variado sino en haber acrecido en hermosura.

—¿Habeis hecho una campaña de quinientas leguas por mí, solo por mí? dijo con un acento indefinible doña Inés.