—Pero tú eres el rey de esa gente, le dije.
—Mi poder, me contestó Calpuc, nada puede contra el poder de los sacerdotes. No hay otro medio para ti que ser mi esposa, y adorar á nuestros dioses, ni otro medio tampoco de salvar á esos infelices, sino se prosternan ante nuestros altares.
—Pues antes que eso, ellos y yo, preferimos el martirio.
—Escúchame, Inés, me dijo Calpuc con acento profundamente conmovido, y asiéndome una mano, yo te amo.
Era la primera palabra, y la primera mirada de amor que se atrevia á dirigirme Calpuc.
—¿Y por qué me amais, conociendo que yo no habia de sucumbir á vuestros amores? ¿Pretendeis aterrarme para que consienta en ser vuestra esposa?
—No, no; dijo dulcemente Calpuc; yo solo quiero salvarte.
—Pero mi salvacion es imposible.
—¿Y por qué?
—Porque jamás renegaré de mi Dios.