—Ya te he dicho que doña Inés solo se doblegaba á mis deseos por el temor de perder á su hija. Pero yo no podia engañarme: me aborrecia con toda su alma, y este aborrecimiento, que no podia ocultarme, me irritaba y mi irritacion era siempre fatal para ella: de dia en dia iba desapareciendo su hermosura, y su palidez enfermiza, su demacracion, la aguda enfermedad de pecho que la aflige, la tornaron al fin desconocida, fea, flaca, cuando apenas contaba treinta y cinco años. Entre tanto Estrella crecia cada dia mas hermosa, y me enamoré de Estrella.

—¿Despues de haber sacrificado á la madre, querias sacrificar á la hija? exclamó con indignacion Yuzuf. ¿Y te atreves á confesarme sin rubor tales infamias?

—¿Qué quieres Yuzuf? Son cosas del corazon. Yo siempre me he dejado llevar de mi corazon, y bueno es que sepas cuánto me interesan esas mujeres, para que comprendas hasta qué punto me dejaré llevar antes que consentir en que nadie me las arrebate. Además, tú no tienes por qué extrañarte de nada. ¿Acaso tú al frente de tus monfíes no has incendiado villas y llevado á sangre los viejos, las mujeres y los niños?

—Son gente de la raza maldita; son cristianos, son los enemigos de mi pueblo: los que se gozan en nuestro sufrimiento, en las crueldades que se apuran con los moriscos. Entre los cristianos y nosotros, no puede haber mas que sangre y fuego.

—Resulta que tú eres cruel con los cristianos por venganza, y que yo soy cruel con esas dos mujeres, porque la una y la otra me han enamorado: exigencias del corazon, Yuzuf. Pero necesito concluir. El estado en que se encontraba doña Inés, y los años que habian trascurrido desde que fue robada á su padre, me aseguraban de que no pudiese ser reconocida, si por un azar lograba verla alguien, burlando mi vigilancia. Deseaba volver á España, y hace un año que volví á las Alpujarras y me puse de nuevo en inteligencia contigo. Volví á ser capitan del presidio de Andarax, espía de los cristianos en servicio tuyo, y ya sabes cuan bien te he servido durante este año.

—Por lo mismo he hecho jurar á Calpuc que no tocará á tu cabeza mientras yo no se lo permita.

—Sí, sí, todo esto es cierto. Pero tambien es cierto que hubieras hecho mucho mejor en dejarle morir á manos de la justicia que le habia preso por intento de asesinato contra mí, que en librarle de la cárcel y protegerle, contentándote solo con exigirle juramento de que no atentaria á mi vida. Mejor hubieras hecho en castigar al monfí, que habiendo sido hecho cautivo por las gentes de Calpuc en el desierto, le ha servido de guía hasta las Alpujarras. Pero ¡ya se ve! Calpuc es muy rico y te habrá comprado tu proteccion.

—Concluyamos, Sedeño: ¿que quieres de mí?

—Quiero que me permitas deshacerme de ese hombre.

—Yo no puedo ser el verdugo de un rey.