—¡De un rey de bárbaros, cuyo trono está al otro lado de los mares!

—Sea como quiera, Sedeño, las desgracias de Calpuc le hacen merecedor de una proteccion mayor que la que yo le he dispensado; en conciencia yo debia haberte dejado entregado á él...

—¡Entregado á Calpuc! ¿crees tú que si Calpuc no estuviera protegido por tí, por tí, que tienes demasiadas pruebas para entregarme al rey y á la Inquisicion, ya que no quisieras destruirme por tu propio poder, estaria vivo Calpuc?

—Calpuc te hará pedazos el dia en que yo se lo permita.

—¡Oh! ¡oh! tú eres el que me tienes atado de piés y manos: en cuanto á Calpuc está tan resuelto á romper el juramento que te hizo de respetar mi vida, que me ha obligado á salir de las Alpujarras, y hace algunos dias que ronda mi casa en Granada.

—Eso prueba que respeta su juramento, lo que no impide el que pretenda rescatar su esposa y su hija.

—Pues cabalmente es necesario que eso no suceda.

—Obra como mejor puedas para guardar á esas mujeres: por lo demás, te anuncio que el dia en que tenga un solo indicio de que has tendido una sola asechanza al rey del desierto, aquel dia eres hombre muerto, Sedeño. ¿Qué? ¿no eres mi vasallo? ¿no me debes obediencia? ¿no eres, aunque de sangre cristiana, monfí, como cualquier otro de los mios? Si no fueras monfí, ¿poseerias las riquezas que posees?

—Veo que va á ser necesario que entremos en condiciones.

—¡Condiciones! ¡condiciones entre los dos! exclamó Yuzuf con ímpetu: ¿acaso eres mas que mi esclavo?