—Siéntate, poderoso Yuzuf, y escucha: en la situacion en que me encuentro me veo obligado á todo... y tengo de mi parte ciertas ventajas.
—¡Ventajas...!
—Si por cierto. Tú tenias un hijo.
—¡Que tenia yo un hijo!... ¿pues qué, Yaye ha muerto?
—Cuéntale por muerto, porque está en poder de Satanás, y si yo no te le entrego...
—¡Cómo! ¿te habrás atrevido?
—Aunque yo sea malo como el diablo, Yuzuf, no soy yo el que está apoderado de tu hijo. Es una mujer que hace mucho tiempo está enamorada de él.
—¡Una mujer! No te comprendo Sedeño.
—Ni yo me explicaré mas. Bástete saber que tu hijo está en poder de esa mujer, encerrado, cautivo... que aunque esa mujer ha llegado á ser su querida, sabe demasiado que Yaye no la ama, y será capaz de retenerle en su encierro ó de envenenarle, cuando no le pueda retener. Te juro que si yo no te ayudo, pierdes tu hijo, le pierdes, como yo perdí á mi padre.
—Pero yo puedo sujetarte al tormento.