—Moriré en él sin revelar una sola palabra. Bien sabes que soy valiente, Yuzuf.

El anciano se levantó, y se puso á pasear agitado, por la cámara. Sabia demasiado que Sedeño era hombre á quien nada aterraba, y que habiéndose propuesto deshacerse de Calpuc, no cejaria en su empeño aunque emplease para dominarle todos los terrores; todos los dolores posibles.

Yuzuf era padre, amaba á Yaye de una manera exagerada, si es que puede haber exageracion en el amor de un padre hácia su hijo. La pérdida de Yaye, la incertidumbre acerca de su suerte, habia llenado de amargura el corazon del anciano, y habia recibido un inmenso consuelo al saber por boca de Sedeño que su hijo vivia. Pero al mismo tiempo Sedeño se negaba á revelarle el lugar donde se ocultaba su hijo, y le exigia en cambio una infamia.

Yuzuf, sin embargo, no tardó en decidirse; pero antes se habia hecho el razonamiento siguiente:

—Calpuc me exige todos los dias, á todas horas, con un empeño justísimo, que le releve del juramento de respetar la vida de ese infame; ese vil Sedeño me pide por su parte que le permita deshacerse de Calpuc; entro estos dos hombres existen razones bastantes para que quieran mútuamente exterminarse. A mí, á mi pueblo conviene, que esos dos hombres vivan: Calpuc es riquísimo, sus tesoros son inagotables, y por odio á los españoles, me facilita medios para sostener mi ejército de monfíes. Como yo, es rey de una raza proscripta, vencida, amenazada por la cólera de los castellanos. Calpuc es mi igual, mi aliado natural. Por otra parte, Sedeño me sirve bien: es un excelente espía; vende á los castellanos en mi provecho, y acaso podríamos deberle un dia una sorpresa sobre Granada, sobre nuestra querida ciudad. Estos dos hombres son preciosos para mí. Pero mi hijo es antes que todo. Si Sedeño me revela el lugar donde se encuentra, le permitiré que obre contra Calpuc, y del mismo modo permitiré á Calpuc que obre contra Sedeño. El resultado será verme privado de la ayuda de uno de estos dos hombres, ó acaso de la de los dos. Pero mi hijo... mi hijo... si, es preciso de todo punto... mi hijo antes que todo.

Y se detuvo, y se volvió resueltamente á Sedeño.

—¿No has tenido tú parte, directa ni indirectamente, en la prision de Yaye? le dijo.

—Ya te he dicho que Yaye está en poder de una mujer.

—Respóndeme de una manera decidida.

—Nada he tenido ni tengo que ver en la prision de tu hijo.