Yuzuf le miró de una manera profunda, pero nada vió en don Diego que demostrase que habia oido las últimas palabras del capitan; estaba tranquilo, su paso era seguro, y su mirada descuidada.
—¡Ah! dijo deteniéndose, apenas habia dado algunos pasos en la cámara, perdonad si he sido indiscreto sin saberlo: pensaba que estabas solo, Yuzuf.
—No, don Diego, no estoy solo; hace algunos momentos que me ocupo de una conversacion interesante con el capitan Sedeño.
—Sí, sí por cierto, dijo el estropeado, y venís muy á tiempo don Diego, porque yo he venido á haceros un mutuo servicio al emir y á vos.
—¿Un mutuo servicio, capitan? dijo con perplejidad don Diego.
—Sí por cierto. ¿Recordais lo que pasó en vuestra casa el dia en que se casó con Miguel Lopez vuestra hermana doña Isabel?
—No comprendo lo que quereis decir.
—Cuando ya aquella boda no podia suspenderse, se presentó en vuestra casa Sidy Yaye, el hijo del emir.
—Es verdad, dijo don Diego.
—¿Y por qué me lo has ocultado, preguntó con su acento de terrible amenaza Yuzuf, cuando sabias la ansiedad con que yo buscaba á mi hijo?