—¿En casa de don Diego de Córdoba y de Válor?
—Sí por cierto.
—¿Y cómo sabes tú eso, dijo con recelo Yuzuf, cuando no han podido averiguarlo Abd-el-Gewar, ni los monfíes que yo he enviado á Granada en demanda de Yaye?
—Escucha Yuzuf: tú recordarás que yo, para estar en inteligencia oculta con don Diego, sin que pudiesen conocerlo los cristianos, compré una casa contigua á la de don Diego en el Albaicin. Estas dos casas se comunican por una mina.
—¡Ah! exclamó Yuzuf, para quien el recuerdo de Sedeño fue un rayo de luz.
—Bien; pues en esa mina hay algunos aposentos. Hace algunos dias, ignorante yo de que don Diego habia salido de Granada, y teniendo que darle algunas noticias importantes para que te las trasmitiese, bajé á la mina, y al acercarme á uno de los aposentos de que te he hablado, oí dos voces que hablaban apasionadamente: era la una de mujer, la otra de hombre, hablaban de amores: en la mujer reconocí á doña Elvira, la esposa de don Diego: por lo que escuché, supe que el hombre era Yaye, tu hijo. Sabia que tú le buscabas y que no le encontrabas, y esto me llenó de alegría, porque me dije: yo daré al emir su hijo, y el emir en cambio me dará la vida de Calpuc.
—¿Y doña Elvira es amante de Yaye? preguntó con repugnancia Yuzuf.
—Sí, sí por cierto, y parece que se aman mucho.
—¡Ah! silencio, silencio; don Diego anda libremente por esta parte del alcázar, y pudiera oirnos, dijo Yuzuf con cuidado.
En aquel momento se oyeron pasos, y poco despues se abrió una puerta, y entró don Diego.